Las víctimas invisibles de la violencia de género

Hay un acuerdo generalizado en que todos los niños y las niñas de este mundo tienen una serie de derechos que las personas adultas y las diversas instituciones deben asegurar que se satisfagan para que todos los menores tengan un estado de bienestar y un buen desarrollo en todas las áreas de sus vidas. Estos derechos han sido reconocidos de manera oficial en la Convención sobre los Derechos de los Niños, tratado internacional firmado en 1989, en el que se acepta universalmente la existencia de una lista de derechos que los estados tienen la obligación de respetar y asegurar su cumplimiento.

Entre estos derechos que velan por la protección en la infancia, se encuentra el de disponer de un hogar que les aporte seguridad, un sitio en el que se sientan a salvo y al que puedan acudir en caso de que las cosas vayan mal en el mundo ahí fuera, en busca de confort, ayuda y apoyo. De la misma manera, todos ellos y ellas deben contar con la presencia de unos adultos que les transmitan confianza y les sirvan de guía para afrontar sus experiencias. Asimismo, los más pequeños necesitan personas adultas que ellos sepan que van a escucharles, creerles y darles abrigo.

Normalmente es el entorno familiar el que cubre todas las necesidades que manifiestan los menores y es ahí donde suelen encontrar la protección que resulta vital para un buen crecimiento. Sin embargo, existen situaciones en las que estas condiciones no se cumplen dentro de la familia, y en donde los infantes son más vulnerables, es el caso del contexto de la violencia de género.

En el año 2006 se hizo el primer estudio acerca del impacto de la violencia de género en los niños y las niñas como víctimas. En el mismo se estimó que 275 millones de niños/as en todo el mundo estaban expuestos/as a una situación de violencia de género. Teniendo en cuenta las limitaciones debidas a los datos disponibles, se calculan que las cifras ascienden a muchos millones más de menores afectados por la violencia doméstica. Respecto a España el estudio dice que 188.000 niños y niñas serían víctimas de violencia de género según lo estimado.

Es en la resolución de 2010 del Comité de los Derechos del Niño de Naciones Unidas en donde se reconoce a los niños y las niñas como víctimas de la violencia de género, en tanto en cuanto sufren numerosas consecuencias debido a su exposición a la violencia que ejerce un hombre hacia su madre. De esta manera, las repercusiones tienen lugar a nivel físico y emocional, pero también en su personalidad, creciendo en una atmósfera de desigualdad de poder y agresividad hacia la mujer.

En algunas ocasiones la violencia doméstica tiene un efecto directo sobre los pequeños, esto es cuando son también sujetos de los episodios violentos perpetrados por su propio padre. De hecho, varios estudios pusieron de relieve la relación entre el abuso físico y psicológico en menores y la presencia de violencia de género. Pero es importante recalcar que también este tipo de violencia tiene efectos indirectos en los infantes. Según Cunningham y Baker (2007), los niños y niñas que son expuestos a la violencia de género son aquellos que ven, escuchan o conocen y perciben el abuso y el control coercitivo ejercido hacia su madre. Por ello el rango de consecuencias que pueden sufrir es muy amplio y variado, desde el daño psicológico hasta la muerte, incluyendo efectos físicos, educacionales, sociales y relacionales, también de conducta o problemas de vínculo, entre otros.

Entre las consecuencias de la violencia de género en los menores se encuentra la posibilidad de que se conviertan instrumentos de perpetuación de la violencia. Esto se produciría cuando el niño o la niña vive de manera directa situaciones de abusos o presencia la violencia que acomete su padre contra la madre, él mismo o ella misma puede volverse en la adultez un/a agresor/a o víctima. Este fenómeno tendría lugar a través de la transmisión de patrones de comportamiento de tipo violento de padre a hijo u hija debido a la exposición a modelos negativos de relaciones interpersonales basados en el dominio y la posición de inferioridad de la mujer. Sin embargo, cabe señalar que tal predicción no se cumpliría en todos los casos de niños/as que han sido víctimas de la violencia de género. Muchos niños y niñas conocen que la violencia es mala y desean con todas sus ganas que desaparezca de sus vidas, oponiéndose a ella una vez que son adultos.

Al igual que sus madres, los niños y las niñas que han vivido situaciones de violencia de género, sufren también una doble victimización ya que debido a los procesos administrativos y judiciales que se ponen en marcha una vez que se pone en conocimiento.. Esto es así porque en numerosas ocasiones se exponen de nuevo a los relatos de los episodios de violencia reabriéndose unas heridas que aún no han cicatrizado y que dejarán marcas en su desarrollo a todos los niveles. Es por ello que debe considerarse el impacto que tienen estas situaciones por las que pasa el menor, especialmente en el área legal, y adaptar los procedimientos al nivel de maduración del niño para garantizar su derecho a participar y ser escuchado, en un ambiente de seguridad y protección.

Las personas adultas que están en contacto con niños y niñas en situación de violencia de género, entre los que se incluyen docentes y profesionales de la psicología y del trabajo social, así como las fuerzas de la seguridad, deben tener una sensibilidad que les permita detectar sus necesidades y proporcionarles los servicios adecuados para que se encuentren a salvo y libres de violencia. En un entorno en el que se sientan que no están solos/as y que están protegidos/as, podrán recuperarse de los efectos de la exposición a la violencia y aprender modelos positivos de comportamiento, de relacionarse y recuperar la esperanza en el futuro.

Los padres, madres y demás miembros de la familia, instituciones y sociedad en su globalidad, compartimos la responsabilidad de proteger los derechos de los niños y las niñas y comprometernos en su bienestar.

En nuestra tarea es esencial incluir la educación como medio para enseñar que la violencia genera más violencia y que la manera de romper el bucle es aprendiendo maneras más adecuadas de expresarse, de resolver conflictos y, en definitiva, de vivir. Es nuestra responsabilidad, con nuestro ejemplo, nuestros actos y nuestras palabras, mostrar modos de convivencia basados en el respeto, el amor saludable y la compasión. Así como debemos tomar parte en la erradicación de la violencia de género, contexto en el que mujeres, niños y niñas son vulnerables, y combatirla desde sus orígenes, educando en la igualdad, borrando estereotipos y eliminando las barreras que mantienen a las mujeres en una posición de inferioridad.

Es por ello que el pasado 8M, por el Día Internacional de la Mujer, millones de personas se echaron a la calle dando pasos hacia la igualdad, protegiendo así los derechos de los niños y niñas y que puedan crecer en un mundo que les respalde mientras aprenden a vivir.

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Paula Fernández Rivas

Paula Fernández Rivas

“La felicidad es como una mariposa. Cuanto más la persigues, más huye. Pero si vuelves la atención hacia otras cosas, ella viene y suavemente se posa en tu hombro. La felicidad no es una posada en el camino, sino una forma de caminar por la vida” Viktor Frankl
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